La Marca
27 de Mayo, 2008(Vane, 22 años. Bogotá, Colombia)
Era un día más de ski, lo que lo hacía diferente era que por fin iba a aprender para qué servían los “poles” (bastones) porque hasta el momento sólo los usaba para empujarme en la cola y poder subirme en el “lift” (andarivel).
Mi amigo, que era instructor de ski justo estaba diciéndome “muy bien sigue así”, cuando “PUM” sector de hielo y me caigo de forma espectacular. Lo único que pensé en ese momento fue “qué bien que tenía casco, porque sino me rompo la cabeza, pero sólo fue un batido de sesos”.
Me paré, seguí esquiando, pero había algo raro, no podía agarrar el bastón con mi mano izquierda, pero pensé que no era nada. Sin embargo, fui al médico, y cuál sería mi sorpresa cuando me dice “mañana tienes cita con la cirujana mano”.
Nada, llamé a mis papás y ante su preocupación lo único que les podía decir era “tranquilos que eso no me operan”. Pero al otro día, me vi llorando y tomando un pañuelo desechable frente a la médica cuando me dijo “you need surgery or your thumb won’t be fully functional”.
Ante ese baldazo de agua fría, y no tener a mi mamá cerca, el único consuelo era mi pañuelito, aunque no servía de mucho para consolarme. Salí del médico, volví al trabajo y nadie podía creer que tuviera que operarme, eso se convirtió en la feria de los abrazos. Todos los gringos que tenían carro me decían que me recogían del hospital si lo necesitaba, y uno de mis amigos, Mason, me dijo “listo yo te recojo”.
Antes de llamar a mis papás y decirles que sí necesitaba cirugía, tuve que llamar a una de mis mejores amigas y desahogarme con ella y llorar a moco tendido, porque sabía que si llamaba a mis papás llorando ellos iban a quedar mucho más preocupados de que su hija iba a tener una cirugía y ellos a miles de kilómetros de distancia e iban a decir que se iban desde Colombia, y aunque en el fondo yo lo quería, no tenía sentido que lo hicieran. El día anterior a la cirugía otro de mis amigos me dijo “yo te recojo mejor, porque tú sabes que Mason es muy despistado y luego se le olvida” y quedamos en eso, en que cuando saliera de la cirugía él me recogía.
Llegado el miércoles 28 de febrero tuve que enfrentar que me iban a operar sin que mis papás estuvieran conmigo, y no iba a haber quien me consintiera después, sabía que no lo iba a tener, porque seguro mis roommates iban a tener que trabajar y yo estaría sola en nuestro cuarto de hotel. Sin embargo, era una nueva experiencia y era una prueba mi carácter. En el pueblo en el que estaba pasaba un bus cada media hora, y cuando salí para irme al hospital junto con dos de mis roommates y nos tocó echar dedo que es ilegal en Estados Unidos, nosotras sólo pedíamos que no pasara un policía porque eso habría sido terrible. Finalmente nos recogieron unos mexicanos y pude llegar a tiempo.
Cuando llegué a la clínica sentí el susto de estar sola en el proceso, porque aunque mis roommates, que eran de Perú me acompañaron hasta allá hasta que las sacaron las enfermeras, no era lo mismo. Me encantó que me pasaran unas medias especiales para la cirugía, con las que podía entrar al quirófano, me pareció muy curioso y cuando me puse la bata todas mis cosas quedaron en una bolsa con mi nombre, como en las películas. Ya lista, con la intravenosa puesta, con el gorro en la cabeza (que parecía un gorro de baño) y en bata me tomaron una foto que queda como reserva del sumario, porque ni a palo dejo que alguien la vea. Hasta ahí me acuerdo, luego desperté en la misma habitación en la que estaba antes de que la anestesia hiciera efecto. Cuando una enfermera me preguntó quién me iba a recoger porque ya me iban a dar el alta le dije que un amigo, pero que necesitaba llamarlo. La enfermera me pasó el teléfono y ¡Oh sorpresa! mis roommates se habían quedado con mi celular, así que no tenia el número de mi amigo. Igual las llamé a ellas (que estaban haciendo mercado) a pedírselo, y cuando empecé a llamarlo a él no me contestaba, yo sólo le dejaba un mensaje tras otro.
Luego me di cuenta de que no me iba a contestar, así que les llamé otra vez a ver si ellas estaban cerca y de pronto me podían recoger en taxi, pero en este pueblo los taxis son lentos, y ellas todavía estaban en el supermercado y adivinen qué, ya se les había pasado el bus, así que era por lo menos otra media hora más que iba a tener que esperar a que alguien me recogiera, no me iban a dejar ir sola porque estaba groggy y tenía que comprar las medicinas que me habían recetado.
La verdad es que la mayoría de mis amigos allá, entre gringos y latinos, no tenían carro, y al pensar en a quién podía llamar para que me recogiera sólo pude acordarme de un amigo que vivía cerca al hospital. Afortunadamente, me recogió y me llevó a comprar mis medicamentos, aprovechamos que la farmacia quedaba en el supermercado en el que estaban mis amigas y las recogimos. Luego llegué a la casa a “pepearme” con todo lo que me habían recetado y que seguro me iba a poner a dormir y así fue. Con las instrucciones que tenía de mantener el brazo en alto me era imposible dormir de lado, que es como más me gusta, además que tenía que compartir la cama, pero bueno, afortunadamente la mano que me operaron quedaba del lado “libre” en mi parte de la cama.
Al otro día me llegó un ramo de flores de parte de mi segundo trabajo, y además todos mis amigos me llamaron, fue bonito, y aunque no era igual que tener a tu mamá pendiente de ti, ayudaba a que no me sintiera tan sola. También ayudó el que me pasé esos días de descanso “empepada” y no tenía mucho tiempo lúcida para la soledad, porque en EE.UU te recetan cosas muy fuertes que te ponen a dormir.
Al cuarto día de encierro en la habitación ya no aguantaba más. En mis momentos despierta había organizado todo, doblado tanto mi ropa como la de mis roommates, visto las únicas dos películas que tenía, etc. Ahora necesitaba salir a respirar aire puro y no de calefacción.
Justo ese día, que ya era domingo, era la despedida de una amiga de Hawaii, Robin, que no había podido con el frío, así que cuando subí a la montaña y visité mi trabajo me dijo “no te había invitado porque creí que no podías ir y seguías groggy”.
Yo seguía con un yeso gigante que me hacía tener una mano de Frankestein, pero lo mismo me dio; había tomado menos pastillas para el dolor, por lo que no me iba a quedar dormida en el medio de su despedida. Fue bueno salir de nuevo, y además me di cuenta de que mi manager se había equivocado y me había programado para trabajar dos días antes del fin de mi licencia, lo q quería decir que al otro día tenía que estar “al pie del cañón”.
Esa noche fue muy entretenida, salimos a comer, compartimos, y luego cada uno se fue por su lado. Pero más tarde Robin me llamó diciéndome que estaba en un sitio del village con unos amigos, así que resulté volviendo del pueblo a la montaña. Esa noche me quedé a dormir en su casa, y en la mañana salí temprano porque me iban a cambiar el Yeso Frankensteiniano por uno de gente normal.
Mi yeso era rosado brillante, y me encantaba, porque era chiquitico, lo tuve una semana e hice que todo el mundo me lo firmara. Inclusive un amigo escribió “place tip here” (ponga la propina acá). La verdad es que era tan chico que ni se notaba y muchas veces los huéspedes no notaban que estaba cargando sus skis con un yeso en la mano, pero creo que para el que lo notaba no necesitaba ver lo que escribió mi amigo, porque de entrada me daba más propina.
Después del yeso vino una férula que no me podía quitar, pero esta como la iba a tener por más tiempo no la hice firmar. Bañarme y otras cosas del diario con estos yesos y férulas fueron un reto al principio. Después de una semana ya manejaba ponerme el protector del yeso son una sola mano, me tenía que lavar el pelo todos los días porque no me lo podía recoger en una cola con mi única mano libre.
En el trabajo tenía que usar las camisetas de los hombres, porque por las de las mujeres no pasaban ni mi yeso, ni mi férula, pero creo que ninguno de los dueños de sus camisetas sabían que yo las estaba usando, pues yo ya me había aprendido sus números para pedirlas en la lavandería.
Recuerdo especialmente un día en el que no tenía voz (además de una sola mano) y me llamó mi manager porque estaban súper ocupados adentro y, aunque yo no estaba “completa” por decirlo de alguna manera, necesitaba de mi ayuda. Así que le dijo al huésped “esta es Vanessa, ella no le va a poder hablar duro así que lo toca acercarse y de pronto la tenga que ayudar para probar si le calzan bien las botas y a ajustar los esquís, pero ella lo va a ayudar”.
Así fue mi último mes de trabajo, cargando los esquís colgados en mi brazo, evitando hacer “fittings”; pidiendo permisos para ir a citas al médico y a terapia física y siempre sin perder la sonrisa. Inclusive un residente del hotel me decía “the one arm wonder” (la maravilla de una mano). Fue muy entretenido verme funcionar con una sola mano, a mí que nunca me había pasado nada, y eso que cuando chiquita me lanzaba de los pasamanos intencionalmente porque quería partirme el brazo para no tener que escribir en clase y que alguien lo hiciera por mí.
Finalmente aprendí, que además de la marca de la cicatriz en la mano, esta fue una experiencia más que me marcó y me enseñó que era capaz de afrontar más de lo que creía.

